Lo que aconteció el 7 de octubre en Venezuela y las secuelas de la elección en los días posteriores no podrían ameritar otra cosa más que escribir una editorial al respecto. Me llamo sobremanera ver a muchos ciudadanos Venezolanos adherentes a la oposición escribiendo en redes sociales y mostrando su frustración por la derrota de Henrique Capriles. Y de antemano me disculpo porque probablemente para algunos lo que voy escribir puede ser políticamente insensible. Sin embargo, lo primero que quiero destacar es que en la política hay mucha pasión pero la democracia y las urnas son sumamente frías.

El resultado de la elección demuestra que el Presidente Hugo Chávez mantiene el apoyo en las clases más marginadas, gracias a los subsidios gubernamentales. Ese bastión chavista, que durante mucho tiempo fue relegado, no tiene otra escapatoria más que aceptar las dádivas del oficialismo por miedo a volver a una economía real donde no exista ningún tipo de apoyo económico para substituir en el día a día. Para muchos ciudadanos de clase media, esto resulta una pifia nacional que es utilizada por el presidente para perpetuarse en el poder a costa de la miseria e ignorancia de la gente pobre (que finalmente es mayoría).

Ante ello viene un sentimiento de desolación, impotencia y desesperanza en la que muchos se han hecho a la idea de que “contra el dinero de Chávez -refiriéndose propiamente al presupuesto del Estado- no hay nada que hacer” y que no hay “marketing político que valga cuando se lucha en contra del aparato gubernamental”. Cierto, es complicado ante tales circunstancias. Sin embargo, no imposible.

Si Henrique Capriles no hubiera utilizado técnicas de comunicación política no hubiera despertado emoción entre la gente que lo apoyó. No hubiera creado tampoco un sentimiento de esperanza entre los electores que lo votaron. Esa misma esperanza, que ante la desilusión causada por la derrota en las urnas, tiene con lágrimas en los ojos a más de uno. El marketing político es una herramienta tangible que despierta ese vínculo emocional entre el elector y el candidato; y que a la vez construye el apoyo necesario para ganar el día de la elección.

La moraleja principal de este proceso electoral en Venezuela es que la oposición por primera vez está articulada y representa una fuerza política real y creciente. El Presidente Chávez sabe ahora que no puede gobernar como antaño, que tiene una barrera a su poder representada por más seis millones de votos. Lo fundamental es que la oposición debe seguir trabajando para consolidar este bloque. Se avecinan elecciones locales en diciembre de nuevo y ese será un punto de inflexión clave en la manera que la oposición retome el control de algunas bisagras políticas al interior del país.

Recuerden que hay una diferencia sustancial entre ganar la campaña y ganar la elección. La opción que Henrique Capriles representó para muchos seguirá vigente en el ánimo de la oposición por un buen tiempo. Es por ello que he visto comentarios de aquellos sobrepuestos a la derrota electoral que rezan “el camino no se acaba, apenas comienza”. Yo diría, citando a Antonio Machado, que en la democracia, “caminante no hay camino, se hace camino al andar”.

Cordialmente,

Israel Navarro

Editor para Latinoamérica

Revista Campaigns & Elections

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